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    5/28/2007

    My own private...

     
     
    Déjame desgarrarme la garganta esta noche. Yo sé que mis gritos no serán los más agradables para tus oídos, pero por hoy, es todo lo que tengo. Gritos que mi tímpano corrupto escucha cual música. Gritos que terminan en sangre y vísceras sobre el pavimento. El asco, el vómito sobre tus zapatos. Río, lloro, a quién madres le importa esta agua salada que sale por las cuencas de mis ojos. Sabes que estoy en otra dimensión, otro mundo que está vetado para ti; nunca podrás acceder a ese desierto bajo el cual se ocultan mis sueños. Y así, danzo bajo la lluvia que por fin ha caído,  el cielo se deshace sobre mí, y su ruido ahoga las palabras que alguna vez quise decirte. Y esta canción  no aprendida vuelve a mi cabeza una y otra vez, me envuelve, me obliga a entonarla, a ensalzarla como un himno a mi propia caída, como una oda a mi propia muerte. Es el regalo que jamás te daré, las frases que nunca te dedicaré, los momentos que no compartiré contigo, los secretos que se quedarán conmigo. Estarás ahí pero sólo para disfrutar la carne, la parte de cerebro consciente, el trozo de corazón programado para ello. No llegarás nunca al núcleo, no llegarás al lugar de donde nace todo. Esa canción nunca te pertenecerá, ni la escucharás por las noches antes de dormir, ni estará presente en tus sueños, ni te acompañará en tus horas de soledad. Porque es mía, sólo mía, y en el momento que yo desee, la cantaré a todo pulmón, sin dirección ni dedicatoria en absoluto, porque será para mi disfrute particular, el tesoro que sólo yo admiraré, las notas sin sentido que me mantendrán unida a esa parte de mí oculta para el común de los humanos...
     
     
    Y ante todo, siempre habrá una interrogante...
     
     
     
     
     
     
     
    ...¿Realmente sabes tú cómo termina una canción de amor...?
     

     
    Yo sé que tú no tienes la respuesta.
     
     
    5/21/2007

    Y nunca lo entenderás porque no estás dentro de mí, ni ves, sientes, respiras, saboreas, escuchas, lo mismo que yo...

     
     
     
    Son de esas cosas que piensas por la madrugada,
    que te saltan de repente desde el vacío, que llegan a ti en días de lluvia
    de esas que nunca le cuentas a nadie pero están latentes
    ahí, muy dentro de tu cabecita desosegada
    y no te dejan dormir ni estar tranquila
    día y noche te siguen y se te aferran con uñas y dientes
    algunos los notan, y preguntan "¿qué te pasa?"
    y claro, con el gesto de las compungidas responderás un "nada".
    De esos "nada" que encierran un universo de pensamientos en ellos,
    que pecan de ser tan transparentes pero tan cerrados...
    Me entrelazo en el cuello esos nudos de la garganta
    paseando por la calle llevando por delante la sonrisa fingida
    diciendo al mundo que estoy bien, riendo, pretendiendo que no pasa nada
    pero por dentro, la tormenta no amaina por más esfuerzos que hago para detener al viento
    y estas ansias de ser todo lo que un día soñé se me van como agua entre mis manos
    lo más triste es que es de esas cosas que nunca entenderás
    que nunca lograrás apreciar, dilucidar, mirarla como lo que es
    son de esas cosas que no entiendes y no porque no puedas hacerlo
    es simplemente que no lo deseas abrazar a ti...
    Y está bien, comprendo que no quieras ser parte de ese país tan retorcido que construyo
    sé que no quieres ser parte de esas tres personas que pelean por este cuerpo.
    Tú sólo quieres a tu muñeca, esa que primero conociste y aprendiste a amar
    y no te das cuenta de que es el monstruo quien está perdidamente enamorado de ti...
    No te percatas de que es la ninfa la que te acaricia en esas horas de calor
    y que la muñeca es sólo el medio, el instrumento para llegar a ti
    la ninfa siempre buscará solamente saciar sus instintos
    el monstruo siempre buscará amarte perdidamente.
    En esta lucha de voluntades, es donde no quieres entrar porque te da flojera
    porque no lo captas, porque no entiendes cómo puede ser posible...
    Dudo que alguna vez logres comprenderlo y aceptarlo
    pues yo misma he empezado a dudar de esa capacidad que primero creí ver en ti
    de esos ojos, de esa mente, de ese corazón al que aún me sostengo
    ni siquiera me duele como yo quisiera. Ojalá el dolor fuera insoportable
    lo suficiente para paralizarme y dejarme sin nada qué decir.
    Pero sé que no será de esa forma porque ya lo veía venir.
    Siempre, siempre es la misma historia, siempre lo echo a perder.
    En algún punto, logro hacer una ruptura. Un pequeño orificio atravesando la carne...
    Es ahí donde empieza a entrar todo, muy lentamente...
     
     
     
    [En secreto deseas mandar todo a la mierda
    y haces todo lo posible para que de forma oculta pase...
    Sin que nadie te culpe o señale, y quedar como la víctima...
    Pero es tu modus operandi, así llevas a cabo tus crímenes...]
     
     
     
    Y creéme, que esta vez...estoy haciendo todo lo posible para reparar la fisura.
    Cómo nunca lo había hecho.
    Cómo nunca lo había deseado tanto.
    Esta vez no quiero ser el arma que termine con toda nuestra existencia.
    Esta vez no quiero terminar con todo.
    Estoy luchando arduamente contra esas voces en la cabeza.
    De verdad, esta vez sí lo estoy haciendo.
    Estoy poniendo todo mi corazón y alma en ello.
    No quiero perderte.
    Esta vez no.
     
     

      
    [Pinches voces que me voltean el mundo en mi propia cabeza.]
     

     
     Sólo una vez quisiera oírte decir que amarás al monstruo que hay en mí...
     
     
     
    5/13/2007

    Mente enferma en cuerpo sano...[?]

     
    "Cuando siento la necesidad de un cigarrillo...
    Recuerdo que nunca en mi vida he fumado. Qué triste."
     
     
    A veces quisiera decir que lo que escribo es producto de las drogas, que me siento frente a la PC después de una buena dosis de ácido y así me dedico a escribir jalada tras jalada, y que cuando pasa el efecto, es cuando arreglo los textos y les doy publicar.
     
    Pero en mi vida he fumado siquiera un porro de marihuana. Vaya, ni siquiera uno de tabaco. Y ya sé que muchos estarán pensando "¿y ésta de que se queja?", pero comprendan, oigo gente que cuenta sus experiencias así bien místicas con el peyote y yo me pregunto cómo se sentirá meterse alguna pastilla y dejar que el viaje comience. Pero como tengo miedo a que el viaje termine antes (léase "me muerooo!") mejor me calmo y no experimento con eso. Vaya, con decir que ni siquiera tomo ya, así que esa categoría que tengo por ahí que se titula "Dejad que las chelas vengan a mí" como que ya no es muy aplicable, o bueno, sólo lo uso cuando se entiende que es puro desmadre lo que escribo...
     
    Y a todo esto...quisiera saber quién fue el gracioso que me pegó en la cabeza y causó daño cerebral permanente, porque por lo visto las drogas y el alcohol no tienen la culpa. Y aunque tengo la oportunidad de conseguir esas cosas, no lo haré porque ya decidí que quiero seguir sana toda mi vida, bueno, al menos corporalmente hablando, porque de la cabeza mejor no hablo...Bueno, ustedes me entiende, ¿no? Y si no me entienden, ya lo sabrán algún día, no estoy loca, no soy desequilibrada, solamente soy...una Niabel (no pues qué buena descripción).
     
    Y ya, porque tengo sueño y mañana tengo que llevar al perro al veterinario y después escaparme a la playa a cantar como loca al viento.
     
    Cuídense mucho y nos vemos pronto. Un beso.
     

     
    P.D. Muy pronto otro cuento para ustedes.
     
     
    5/4/2007

    El Arma Definitiva Productions presenta...El Relicario.

     
    Hola a todos, en primer lugar, una disculpa por mi ausencia tan prolongada, bueno tal vez varios ni lo notaron, pero en fin, estoy de vuelta y tengo muy presente que yo dije que iba a presentarles aquí varios cuentos que son de mi invención si ustedes los pedían, y gracias a todos los que dijeron que con gusto volverían a mi página a leerlos, en especial a Ana de Narnia, que la dejé esperando demasiado (=P gomenasai!).
     
    Este cuento que verán a continuación fue escrito durante mi primer año de preparatoria, para una tarea en la cual debíamos utilizar una serie de palabras específicas. Yo como soy bien lengua me extendí y quedó un cuento de más o menos 5 páginas, claro está que para publicarlo después, lo modifiqué bastante y le agregué más detalles pero a la vez corregí errores, con lo cual quedó bastante distinto de la versión original, pero con la misma esencia que yo busqué darle. Aún así, quedó un poco largo (se los advertí en el post pasado donde especifiqué que eran bastante extensos), pero de nuevo, gracias a esas 7 personas que me dieron los ánimos para publicarlos, ustedes saben quiénes son =].
     
    Sin más que decir, aquí está el primero de esta serie de relatos. Espero sea de su agrado.
     

    ∙▫°o•●♡●•o°▫∙

    “El relicario.”

       

    Algún lugar, perdido en México, 26 de agosto de 200X.

     

    Querido diario:

    Primero, perdóname por no haberte escrito todo este tiempo, es que me pasó una cosa increíble, la cual te voy a contar.

    Hace unos dos meses, me encontraba yo en la escuela, aburrida como siempre. La primera hora acababa de comenzar, y como de costumbre, el maestro se retrasó un poco. Miré hacia todas partes buscando algo que me entretuviera, pero nada. De repente, alguien se sentó junto a mí. Como ese día teníamos examen de inglés, me imaginé que sería algún oportunista, que trataría de copiarme la prueba, pues soy buena en esa materia.  

    Volteé para conocer a mi plagiario, y ¿qué crees que vi? Un muchacho, de aproximadamente mi misma edad, que nunca, pero nunca, había visto en la escuela. Como me le quedé mirando por la sorpresa, sintió mi mirada y volteó a verme. ¡Qué ojos tan lindos tenía! Eran de un color gris claro, frío y amigable a la vez.

    Pues bien, nos miramos por unos segundos, hasta que él rompió el silencio con un “hola” muy sonriente. Me turbé un poco y le respondí igual, pero al intentar una plática, entró el maestro. ¡Qué coraje me dio en ese momento! Me pasé casi toda la clase intentando hablarle, pero él se veía muy concentrado y después de un tiempo me rendí. Decidí que le hablaría a la hora del receso, y me quedé el resto de las clases callada.

    Cuando sonó la campana de receso, miré a su lugar y descubrí que ya no estaba ahí. “Oh, no” – dije para mis adentros – “seguramente alguien ya lo acaparó.” Pero, cuando salí del salón, él estaba ahí, parado frente a los árboles. No sé porqué, pero ignoré el hecho de que mis amigas me estaban esperando para ir a comprar a la cafetería, y me acerqué a él. Como el chico de ojos grises tenía puesta su mirada en algo – quién sabe qué – en la copa del árbol, yo también alcé mi vista para saber qué estaba observando.

    “Es bello, ¿verdad?” Me indicó repentinamente, señalando los rayos del sol que se estrellaban suavemente contra el tronco del árbol. Por unos momentos permanecí callada, preguntándome a mí misma de dónde había salido ese loco, pero sólo pude sonreír y decir: “Sí, es lindo.”

    Y así, casi sin percatarme del suceso, nos volvimos amigos. Era algo extraño y gracioso a la vez, porque Schoeder (así se llamaba) me hacía preguntas muy chistosas, a veces parecía que no conocía nada de la tecnología actual, algo muy poco común en chicos de mi edad, y yo lo tomaba a broma, pensando que él se hacía el desentendido.

    Bueno, pues así pasaron algunas semanas, no sé cuántas, realmente no recuerdo. Sólo sé que él cada día me miraba con ojos de cariño, me llamaba su amiga, me decía que le gustaba mucho haberme encontrado, y cosas así. Una vez, hasta llegué a pensar que yo le gustaba, pero el ver su mirada me desmentía, porque Schoeder sólo me tenía mucho cariño (aunque yo realmente no me sentía atraída por él).

    Un día, cuando estábamos en la escuela, me empecé a sentir mal. La cabeza me dolía y me sentía mareada. La hora del receso acababa de sonar, pero ni porque salí a caminar y tomar aire fresco me alivié. Schoeder se preocupó mucho, me seguía a todas partes, y ofrecía su brazo para apoyarme. No sé en qué momento, pero el vértigo me venció, y lo último que escuché fue su voz diciéndome “¡no, no te vayas!”

    Desperté y miré a mi alrededor. Sin saber cómo, ya estaba en casa, en mi cuarto, en mi cama. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y volteé hacia la puerta.

    “¡Schoeder! ¿Qué haces aquí?” Grité sobresaltada al verlo recargado en la pared. ¿Lo dejarían pasar mis papás? Eso parecía, porque él estaba ahí tan tranquilo, y sin embargo sus ojos grises se divisaban más fríos que nunca. Miré sus manos y distinguí entre ellas un relicario plateado, con una delicada forma de corazón. “¿Qué es eso que traes ahí?” Le pregunté intentando no darle importancia al asunto.

    “Esto, es un regalo que creo que ya es tiempo de dártelo.” Lo miré desconcertada. Me lo acercó y extendió su mano. “Es por nuestra amistad. Me gustaría mucho que lo conservaras.”

    Mi desconcierto se tornó en pena al verlo al rostro. le contesté que no podía aceptarlo, que no me sentía con el derecho de poseerlo. Me miró con ojos suplicantes. Suspiré y lo tomé de su mano. Al tenerlo entre las mías, sentí un extraño frío saliendo del interior del relicario, pero decidí no tomarlo en cuenta.

    “¿Sabes? Desde hace un tiempo quería hacerte este regalo” – comenzó a decirme – “tú no lo sabes, pero ese relicario es como un talismán para mí... quiero decir, por favor, cuando lo veas, piensa en mí, sólo te pido que no me olvides...” Se detuvo bruscamente. Sus manos comenzaron a temblar y sus ojos se llenaron de lágrimas. Me dio mucho dolor verlo así, y extendí mis brazos para abrazarlo. “Por favor, no llores, no quiero que estés triste” – lo dije con una voz desconocida en mí – “tú siempre serás mi amigo, nunca te voy a olvidar, pero ¿de qué te preocupas?” Schoeder movió su cabeza varias veces. “Ahora no lo entenderías” – su voz se convirtió en un hilo – “pero ya sabrás por qué.”

    Al día siguiente, como ya me sentía mejor, fui a la escuela. Pero pasó la primera clase, y cuando empezaba la segunda, me preocupé porque Schoeder aún no llegaba. Por lo general eso me tenía sin cuidado, ya que él acostumbraba llegar un poco tarde, porque – según él – vivía en una calle muy lejos de la escuela, por lo cual se tardaba mucho en llegar a ella.

    Transcurrió la segunda clase, comenzó y terminó la tercera, y ni rastro de Schoeder. Me inquieté mucho. ¿Le habría pasado algo? En el receso me dirigí a la dirección para intentar conseguir su teléfono. La secretaria en turno me preguntó su nombre completo. Schoeder Preston Scheinner. Me gustaba mucho su nombre, pues para mí era raro, pues eran apellidos alemanes y siempre me imaginé que tendría familia en ese país.

    “Lo siento, no tenemos ningún alumno registrado con ese nombre.” Le agradecí el esfuerzo a la secretaria. “Tal vez se le traspapelaron sus documentos” – me dije para consolarme – “sí, eso debe ser.” Sin embargo, sentía un nudo en el corazón. Podría ser que se hubiera deprimido con esa idea de separarnos. Me sentí mal por eso, no supe qué hacer. Por el momento decidí quedarme al resto de las clases, y ya después vería la forma de localizarlo.

    Aunque eso me salió peor, pues no me pude concentrar en las lecciones por la preocupación. Cuando dieron el toque de salida, salí de la escuela sin rumbo fijo. ¿Cómo buscarlo si no sabía dónde? Seguí caminando sin saber mi dirección. Cuando volví en mí, estaba frente a un cementerio. Fue algo extraño, pues algo – aún no sabría decir qué – me impulsó a entrar. Anduve por los sepulcros, mirando de vez en cuando a los celadores que cuidaban el panteón. De repente, tropecé con algo y caí en medio de una tumba. Me levanté enojada por el golpe, pero mi enojo se convirtió en espanto al leer por casualidad el epitafio de la tumba.

    Schoeder Preston Scheinner... 1955 – 1970, nuestro amado hijo. “No puede ser, es una casualidad, ¡tiene que serlo!” Me alejé todavía conmocionada. No podía ser, ¡no quería creerlo! Mi amigo, mi querido amigo... ¿un fantasma? Por raro que parezca, comencé a tranquilizarme al sentir algo frío en mi pecho. Era el relicario que me había dado. Lo miré y comprendí que deseaba. Volteé a todas partes buscando a algún celador, y la suerte quiso que yo viera al más viejo de los que ahí trabajaban.

    “Disculpe señor” – lo abordé – “¿usted sabe de qué murió el niño de aquella tumba?” Dije señalando la lápida. El cuidador se acercó y leyó lentamente la inscripción. “Sí, lo recuerdo” – me respondió después de unos momentos que se me hicieron eternos – “un caso muy triste. Vino aquí de vacaciones con sus padres, pero desafortunadamente se desencadenó una epidemia de viruela. Él se infectó y murió. Tuvieron que enterrarlo en este lugar porque las reglas sanitarias les impedían llevarse el cuerpo.”

    “Muchas gracias, es lo que necesitaba saber.” Me despedí del señor y del sepulcro de mi querido Schoeder, y salí de ese lugar.

    Cuando llegué a mi casa, mi mamá se abalanzó sobre mí haciéndome un sinfín de preguntas sobre donde había estado, que la había tenido muy preocupada, que si no me acordaba que yo estaba en estado precario de salud. Eso último me dejó confundida, le respondí que yo estaba bien, pero... empezó a llorar y me confundí, ¿porqué lloraba? Me dijo que si no recordaba nada, y yo le contesté “no sé de qué me hablas.”

    Lo que me dijo me dejó anonadada. Yo había estado en coma desde hacía varias semanas, un trance inexplicable, en opinión del médico. Y repetía sin cesar, en mis delirios, el nombre de Schoeder. Que apenas hoy – el día que, según yo, Schoeder no había ido a la escuela – me había despertado de repente, e ignorándolos, me había vestido y salido a la calle sin dar información de adónde iba. Comencé a llorar y no me pude controlar en ese momento. Mi mamá me ayudó a ir a mi habitación a acostarme, y sin saber cómo, me dormí.

    Ahora, tendida en mi cama, no sé qué creer. La sensación fría de un relicario quema en estos momentos mi piel, un relicario que despierta las sospechas de mi madre acerca de dónde lo habré conseguido. Y sin embargo, ahora no tengo miedo. Mi amigo Schoeder fue muy dulce conmigo, y sólo por eso, he decidido no olvidarlo nunca. ¿Experiencia macabra? Tal vez. Pero aprendí que aún en la bendita soledad de la muerte, siempre se busca un amigo.

    Dicen que cuando alguien muere, sigue vivo si alguien lo recuerda. Y quiero creer que eso es lo que quería Schoeder. Conservo su relicario colgado al cuello, y a veces me pregunto si dentro de su fría tumba, bajo la tierra que cubre sus huesos, no tendrá él también un relicario, un relicario que constituye todo su corazón.

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